Utopía en la Tierra Antigravitacional

Después de cuatro días todo funcionaba con la misma exactitud. Mis ojos continuaban sin creerlo pero era cierto que aquel pueblo se había estancado en alguna dimensión paralela en la que los sueños parecían hacerse realidad.

Todas mis teorías físicas desarrolladas durante años se habían esfumado al llegar allí. A mi cabeza sólo venía una y otra vez la cita socrática que decía –Sólo sé que no sé nada-. Pero aquello era REAL. Y todas las muestras daban constancia de que no era un sueño.

Tras abrir los ojos y pensar en levantarme de la cama no tardé ni cinco segundos en encontrarme vestida y con los dientes lavados. No terminaba de entender el complejo funcionamiento de aquel espacio en el que los pensamientos se convertían instantáneamente en acciones sin tener que utilizar ni un solo músculo. Pero al menos comenzaba a dominarlo. Y digo al menos ya que en momentos como el que se acababa de acontecer, mi mente no estaba lo suficientemente alerta como para frenar esa interacción automática y realizar los actos por mí misma.

Los ancianos de la zona (que tras acumular la sabiduría de años y años de La Tierra Antigravitacional se encargaban de ejercer como maestros y tutores de los nuevos en la región), impartían lecciones acerca de negar a La Tierra Que Todo Nos Disponía su control absoluto de la situación en cada momento.  Y aunque en ocasiones resultaba muy práctico pensar en acercarse a la tienda del panadero y regresar a casa tras un guiño de ojos con dos barras bajo el brazo, era importante aprender a dejar la mente en blanco. De esta forma, no pensar en nada era la única manera por la que el medio no controlase nuestras acciones inconscientes y siguiésemos manteniendo una parcela de nuestro auténtico ser.

Algunos consideraban a La Tierra Antigravitacional un Paraíso de placer en el que todos los deseos se hacían realidad. Y no era para menos ya que en los árboles abundaba la comida y no era raro encontrarse jamones, salmones ahumados e incluso piruletas colgando de sus ramas. Nadie tendría nunca hambre porque los alimentos brotaban una y otra vez de cualquier bosque o jardín. Además las praderas que eran espesas y sus hierbas eran acolchadas formando lechos en los que recostarse, se disponían justo al paso de aquellos que sufriesen el mínimo sopor post-comida.

Pero volvamos al momento actual. Tras levantarme y dejar mi mente en blanco (tenía que medir muy bien mis acciones para no dejarme guiar sólo por el deseo) me dispuse a atravesar el umbral de la puerta y por primera vez salí a la calle yo sola.

En mi camino hasta la plaza del ayuntamiento no me topé con nadie. “Será que son incapaces de controlar sus acciones y por eso se dejan guiar directamente hasta el lugar deseado”-pensé. Aún no había abandonado mi mentalidad occidental y me seguía considerando superiormente intelectual (que vergüenza siento ahora de haber razonado así) al resto de aquellos seres que vivían en un lugar tan extraño.

Tras continuar mi proseguir por la estrecha calle que me daría acceso a la plaza observé una ventana abierta. Una familia de conejos hacía su vida cotidiana sin importarles que yo mirase descaradamente por el escaparate de su vivienda. ¿Pero qué me iba a extrañar ya si me encaminaba al despacho del Alcalde que casualmente era un niño de cinco años? Saludé con la mano y continué caminando.

Al llegar a la plaza una joven de trenzas doradas me saludó:

 –¿Eres Matilde la enviada del Otro Lado? – me dijo.

Asentí con la cabeza y antes de murmurar otra palabra mi mente volvió a escaparse dejándome sentada en un gran sillón rojo atada de pies y manos con un cordón de seda…

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